
Para los amantes de la naturaleza, la llegada de la primavera es una especie de despertar, de carga emotiva que nos impulsa a la búsqueda de nuevas experiencias. Una mañana como tantas otras, con las primeras luces del alba me encontraba ya en un área de montaña a alrededor de 1.200 m de altura, preparándome para pasar algunas horas de observación, con las esperanza de vivir momentos gratificantes. En la zona abundaba la avifauna típiza de la región Alpina y Prealpina: los pinzones, tordos, insectívoros... Estaba pensando que allí iba a ser difícil encontrar algún Camachuelo cuando de pronto oí unos insistentes reclamos: pensé que debía haber una pareja en los alrededores. Repentinamente veo a un macho situarse en un posadero muy a la vista, saltando de la copa de un abeto a las ramas más exteriores de un matorral, emitiendo continuos versos y y manteniendo el pecho rojo muy visible, clara señal de cortejo y de dominio del territorio. La parada nupcial continuó durante más de una hora, alternándose un continuo ocultarse entre la vegetación para asomar de nuevo, cortejando frenéticamente a una hembra en evidente estado de celo.
Todavía sin creer en mi suerte ante semejante parada nupcial, veo de pronto a la hembra. Vuela con unas ramitas en el pico entre la fronda de un pequeño abeto, que crece al lado de un sendero habitualmente utilizado por los excursionistas. Pienso ya en una espléndida nidificación, preguntándome sin embargo, como puede desarrollarse en un lugar tan expuesto, visible desde una decena de metros aún para ojos poco expertos. La actividad de la pareja prosigue, mientras llega la hora de volver a casa, con la satisfacción de haber asistido a un espectáculo maravilloso. Volví quince días después y los Camachuelos seguían allí. Incluso me pareció que me recibían con sus reclamos. El nido, apenas esbozado, como si finalmente no estuviesen muy convencidos de la conveniencia del lugar elegido. El macho, muy tranquilo, y la hembra eran una presencia más audible que visible y parecía como si su entusiasmo se hubiese agotado, a pesar de que nos encontrábamos en plena temporada reproductiva. Me quedé un poco desilusionado. Con la llegada del mes de junio, dejé un poco de lado mis proyectos sobre los Camachuelos y me dediqué a la observación de los Reyezuelos.
Sin embargo, una mañana, entre las frondas bajas de la pinada, me encontré al macho de Camachuelo con unas ramitas en el pico, seguido de inmediato por la hembra. Desde mi escondite pude observar el ir y venir con materiales en el pico, claro signo de la construcción de un nuevo nido. La cosa me sorprendió y más cuando a poca distancia oí el reclamo proveniente de un tercer sujeto, que me pareció el clásico verso de una hembra incubando.
No queriendo molestar, me alejé con circunspección, pensando en volver más adelante, para controlar el desarrollo de los acontecimientos. Pasado algún tiempo, y provisto de unos prismáticos, volví a dar un vistazo. Al llegar a las proximidades, oí de inmediato los reclamos del macho, pero de la hembra, ni rastro. Pensé que estaría incubando. Poco después pude ver al macho volar desde el punto exacto en el que lo había visto construir el nido y volver pocos minutos después. Cada vez estaba más convencido que la incubación estaba en proceso. Y también en esta ocasión oí los reclamos de un tercer sujeto, quizás algún pájaro no emparejado, que se había instalado en las proximidades. Estábamos a 20 de julio. La eclosión debía haberse producido ya. Me aproximé, manteniendo siempre la distancia de seguridad impuesta por la confianza que me está dando la pareja. Esperé un poco y vi regresar al nido tanto al macho como a la hembra. El macho volvía a salir poco después, mientras que la hembra se quedaba, seguramente calentando a los pollos. Los continuos reclamos del tercer sujeto me atrajeron al interior de la pinada y ¡sorpresa!
A poca distancia de mi, a unos tres metros de altura, próximo al tronco, sobre las ramas secas de un abeto descubrí otro nido, con otra hembra ocupada en la incubación. El macho se aproximó y se quedó con ella. Estaba claro, el macho estaba unido a dos hembras, la última de las cuales, con los pequeños ligeramente más gruesos. Reflexioné sobre esta anomalía del comportamiento. La poligamia podría ser la respuesta a la baja densidad demográfica de la especie en la zona. Visto que la coyuntura me era favorable, tras camuflarme yo mismo y el equipo, empecé mi reportaje fotográfico. Después de algunas horas de trabajo, decidí posponer unos días nuevas tomas con lo que daría tiempo a que los pequeños creciesen un poco más y a que los empapuzamientos fuesen más frecuentes. Pasado cinco días volví y de inmediato me di cuenta de que algo no iba bien: no se oía el reclamo de la segunda hembra. Temí lo peor, máximo cuando comprobé que una de las nidadas seguía amorosamente controlada y, sobre todo, cuando vi que el macho se dedicaba exclusivamente a ella. Me aproximé al otro nido, pero seguía sin oirse nada.
Llegados a ese punto de inquietud, me atreví a apartar cuidadosamente las ramas y tuve la confirmación de lo que me temía. Los pequeños habían muerto, aparentemente hacía pocas horas. Estaban todavía enteros pero tenían el buche completamente vacío. Con tristeza, me pregunté qué podría haber pasado: la muerte de la hembra depredada o muerta por cualquier otro motivo, el macho que no consiguió ayudarla, alimento insuficiente... Otro de los misterios que la naturaleza guardará para ella. Como si nada hubiese ocurrido, la otra nidada siguió creciendo, asistida por los dos progenitores. A través del teleobjetivo observé cómo los pequeños habían evolucionado perfectamente. Cada diez minutos, los progenitores regurgitaban en sus picos completamente abiertos semillas varias y pequeños insectos, que los veía capturar casi al vuelo, como si fuesen efectivamente pequeños insectívoros. A primeros de agosto, los pequeños, bien emplumados, estaban preparados para volar. Seguí asistiendo al maravilloso espectáculo del embuche: los progenitores llegaban casi siempre juntos, desarollaban sus funciones de cría y de limpieza del nido y luego volaban de nuevo en busca de más alimento.
A diferencia de lo que ocurre con los Pinzones, las parejas de Camachuelo muestran en esta fase una unión más profunda. De hecho, los progenitores, además de llegar al nido casi siempre al mismo tiempo, al acabar sus cuidados parentales se esperan y dejan el nido juntos. Los pequeños, durante las ausencias de sus progenitores, levantan la cabeza y baten las alas preparándose para su primer vuelo. Al cabo de pocas horas, el más audaz y maduro, caminó un poco por el nido y finalmente se lanzó a tierra, muy cerca de donde yo estaba. A su llegada, los adultos respondieron a las llamadas del pequeño, quien con cortos pasito había conseguido, mientras tanto, trepar sobre un tronco vecino. Por esta razón, los progenitores no se dirigieron al nido sino que se posaron un momento para controlar la situación. El joven independiente reclamaba su alimento, pero tanto la hembra como el macho lo incitaban a ponerse a resguardo entre la hierba o las matas próximas. Así, tras un corto vuelo, que le permitió conseguir un mejor mimetismo, se le unió el macho, que lo premió con un abundante empapuzamiento. Por mi parte, tenía muchas ganas de intervenir y echar una mano, pero hubiese sido un error.
Había que dejar que la naturaleza siguiese su curso. En las horas siguientes, otro pequeño abandonaba el nido y los progenitores redoblaban su actividad alternándose entre el nido y los jóvenes que ya habían volado, siguiendo una estrategia de cría perfecta. Satisfecho por el espectáculo que había presenciado y fotografiado, me decidí a abandonar mi escondrijo, con la esperanza de que en las horas siguientes los pequeños no cayesen víctimas de algún depredador. Algunas semanas después, volví a visitar la zona, curioso por comprobar cómo habían ido las cosas. El nido estaba, obviamente, vacío. El macho lo entreví en plena fase de muda sobre un árbol próximo. Poco después, los inconfundibles reclamos pusieron de manifiesto la presencia de la hembra que, por un instante, apareció seguida de dos pequeños. No se si eran los dos únicos supervivientes de la nidada, pero su visión me hizo feliz de igual forma, porque suponían un incremento de una población muy menguada en aquella zona.













Texto y fotos: Roberto Ratti.



