Desde siempre me han atraído los pájaros fuertes, poderosos y con un carácter decidido. Así, después de haber superado los retos con varios Piquituertos, Pinzones y Picogordos, no podía dejar de probar con el Camachuelo picogrueso. Con su estructura en el límite para un fringílido, creo que es el mayor y más poderoso pájaro de pequeña talla de entre los que entran en mi campo de actividad. La razón que me convenció definitivamente para emprender esta nueva aventura se presentó, hace ya algunos años, en Fringillia, cuando el único ejemplar expuesto de esta especie se alzó con el título “best in show”. De vuelta a casa, me puse de inmediato a la búsqueda, y con la ayuda de un amigo conseguíamos descubrir una pareja inscrita en Reggio Emilia. ¡No entraba entonces en mis cálculos que tres semanas después también yo contaría con una pareja de pinicola! Pero en la espera, empecé a fantasear. Veía ya en mi mente a los noveles a punto de iniciar el vuelo, los imaginaba con la muda terminada, listos para concursar o preparados para iniciar un nuevo ciclo reproductivo... y después quizás podría intentar alguna combinación híbrida... Pero las cosas no siempre resultan tan fáciles como las imaginamos. En aquel momento no podía suponer la cantidad de imprevistos y las dificultades con los que tendría que enfrentarme. Heme pues en Reggio Emilia, un sábado por la mañana, en compañía de dos amigos. Media hora después de la apertura nos presentamos en el stand del criador alemán que debía entregarme los animales. A la vista de los ejemplares, mis expectativas decayeron: dos pájaros grises y verdes que no tenían nada que ver con el macho que había visto expuesto veinte días antes. Pero por lo menos estaban en unas condiciones aceptables, con plumaje íntegro y adherido al cuerpo, señal de que al menos su estado de salud era aparentemente bueno. MI primera pregunta fue sobre el sexo de los ejemplares. Personalmente, me parecían idénticos, casi parecían fotocopiados. La respuesta fue categórica: macho y hembra certificados... ¡Esperemos que así sea!, me dije. De vuelta a casa los alojé en una voladera de 2 x 2 x 1 metros reservada para ellos. Mi intención era observarlos y comprender sus costumbres y su comportamiento. Desde el primer momento puse a su disposición de todo y aún más, por no decir demasiado, como a veces solemos hacer los criadores cuando nos encontramos ante una nueva especie: mixtura para Verderones/Camachuelos, mixtura para Piquituertos, piracanta a rebosar, pasta... en resumen, todo lo que tenía a mano. Y debo reconocer que se mostraron de inmediato poco exigentes y aunque demostraron preferencia por algunos alimentos, comieron realmente de todo. Con ocasión de la visita de un amigo a mi criadero, según él se trataba de dos hembras. ¡Me lo temía! Estaban poco coloreados... demasiado gris sobre el manto. Pero mis sorpresas no acabaron ahí. Quince días después, cuando otro amigo vino a mi criadero exclamó: “Muy bonitos, pero son dos machos”. Dado que ambos eran dos conocidos y expertos criadores, no sabía cual de ellos podía tener razón y pensé que la única forma de salir de dudas era el examen de ADN. Y así lo hice, pero no sin padecimientos, ya que el análisis se retrasaba y cuando finalmente me fue comunicado me confirmó que se trataba efectivamente de un macho y una hembra. Respiré aliviado y pude empezar ya a pensar en la preparación para la temporada reproductiva. A principios de enero, el primer susto. Entro en el criadero y veo a la hembra en el suelo, incapaz de subirse al posadero. Lo intenta varias veces, pero no puede. La cojo con las manos y le soplo delicadamente para analizar el intestino y el esternón. Está en excelente forma, ni gorda ni delgada. El color de la piel no deja ver nada potencialmente patológico... y a pesar de todo la Camachuela no consigue volar, parece débil y agotada. A la vista de esto, decido meterla en jaula de 120 cm, con los posaderos a poca distancia del suelo de la jaula. La hembra come y bebe bien y al cabo de dos semanas está de nuevo perfectamente y ya lista para regresar a la voladera. Una crisis que aún hoy no me explico pero que por suerte se ha resuelto favorablemente. En marzo transfiero a la pareja a la voladera que utilizaré para la reproducción: una voladera de 2 x 2 x 2 m inmersa en el follaje, tras un laurel y un avellano. En el interior, como suelo hacer, meto abundantes ramas de tuya, que renuevo periódicamente. La pareja parece disfrutar de su nueva situación y en particular del ramaje. El día que cambio las ramas de tuya, los dos ejemplares dejan de alimentarse de las semillas que les pongo a disposición, dedicándose casi exclusivamente a consumir los brotes y las yemas de tuya. Siguen así durante días, y cuando las ramas se secan, continúan picoteando la corteza resinosa, de la que supongo extraen numerosos beneficios. Como hago con todas las especies, empiezo a aumentar la dosis de proteínas, tanto vegetales como animales, en la dieta, suministrando germinadas, maiz y polillas descongeladas, además de una ración extra de polillas de la miel vivas, que aprecian mucho. El tiempo pasa pero no veo ninguna señal de celo ni en el macho ni en la hembra. Ni incluso aumentando la dosis proteica cambia la situación. Estamos a mediados de mayo y ya todas las demás especies han hecho su puesta. Los Piquituertos están ocupados con su última nidada pero los pinicola no tienen trazas de intentarlo. Ni siquiera canta el macho, al punto que renacen en mí las dudas sobre si los ejemplares son realmente una pareja, a pesar del resultado del análisis de ADN. Después, a primeros de junio, punto de inflexión. La hembra parece impaciente a la búsqueda de material para el nido. Vuela de un lado a otro tratando de encontrar el mejor sitio para construir el nido. Añado algunos nidos más a los 5 o 6 de mimbre que ya había colocado en la voladera. Coloco también unas macetas de barro llenas hasta la mitad de serrín para darle otra alternativa a la hembra, que sigue inquieta su búsqueda, a pesar de que la observo muy próximo, prácticamente pegado a la malla de la voladera. Al día siguiente, la situación era la misma. Probé a cambiarle el material para el nido, facilitándole prácticamente de todo: yute, sisal, algodón, coco, pelo animal, raíces, heno, paja.... pero no era eso lo que buscaba la hembra. En ningún nido había ni un hilo de yute ni una brizna de hierba. Continuo observando a los ejemplares hasta que veo a la hembra como intenta en vano apoyar el material sobre una rama próxima a la pared de la voladera. Y lo intenta varias vaces, sin éxito. Era una posición imposible. Entro entonces en la voladera y coloco un nido de mimbre precisamente en aquella posición. Pero no es todavía el punto justo: la hembra coloca ramitas y y yute al lado del nido de mimbre y no en el nido. Parece que ese nido no le gusta. Tengo entonces una idea. Sobre el laurel, junto a la voladera, había un nido de mirlo ya vacío; los pequeños habían volado hacía más de un mes. Cojo el nido y lo espolvoreo con un producto acaricida, con el fin de “desinfectarlo” al menos en parte. Puede parecer increíble pero la estratagema ha funcionado (ya lo había hecho un mes antes con una hembra de Pinzón en otra voladera). He fijado el voluminoso nido de mirlo en una rama de tuya mediante un alambre que lo atraviesa de parte a parte por la zona “terrosa”. Diez minutos después, la Camachuela estaba en el nido. Una primera visita y después se ha instalado como si nada, como si ella misma hubiese construido el nido. Ha revestido el interior del nido con el material que había puesto a su disposición y al cabo de dos días ha puesto su primer huevo. Inimaginable mi alegría. Si no hubiese intentado esa estratagema, seguramente la hembra hubiese puesto el huevo en tierra. No tenía huevos de plástico de dimensiones similares al puesto por la pinicola, por lo que he decidido no sustituir el huevo. Como se trataba de mi primera experiencia, he dejado que la naturaleza siguiese su curso. Con la puesta del tercer huevo (cuatro en total) la hembra se pone a incubar con asiduidad. El macho cantaba de forma muy discontinua pero no molestaba a la hembra. No he visto nunca que la hembra embuchase, pero no abandonaba el nido más que raras veces, señal evidente de que el macho le llevaba alimento en mis ausencias. Unos quince días después han aparecido las primeras cáscaras sobre el suelo, señal de que se había producido el primer nacimiento. No había controlado la vitalidad de los huevos, pero evidentemente, el macho había cumplido con su parte. En este punto, mis preocupaciones crecieron. ¿La hembra habría criado? ¿El macho habría molestado a la hembra en el nido o la habría ayudado en la cría? ¿la alimentación ofrecida hubiese sido suficiente para el desarrollo de los pollos? Mis dudas se resolvieron pronto en parte. El macho, a pesar de mi presencia, embuchaba a la hembra sobre todo con polillas de la miel, y ésta a su vez pasaba el alimento a los pequeños. Y todo esto bajo mi mirada a menos de un metro de distancia. No me lo podía creer, a la primera, 4 pequeños criados por sus padres. Y de hecho, no era verdad. Una mañana, al entrar en el criadero, me encuentro al macho al borde de la muerte, con la cabeza desplumada y visiblemente herido. Entro en la voladera. La hembra continúa en el nido sin preocuparse por mi entrada en la voladera. Cojo al macho para observarlo de cerca. Su condición me parece crítica, con los ojos entornados y la respiración entrecortada. No tengo más solución que meterlo en una pequeña jaula e irme al trabajo. A mediodía llamo a mi mujer para que compruebe si el macho sigue aún vivo... aunque lo dudo, vistas las condiciones. ¡Y golpe de escena! El Camachuelo se ha recuperado y salta de un posadero al otro como si no hubiese pasado nada. Sólo la herida en la cabeza recuerda lo sucedido esa misma mañana. La hembra, por su parte, sigue aún en el nido aunque no sé si había alimentado a los pollos. Al volver del trabajo por la tarde, decido meter al macho en un jaulón de 120 cm y colgarlo en el interior de la voladera. Apenas salgo de la voladera, la hembra se abalanza sobre el macho, para agredirlo de nuevo, aunque esta vez se encuentra con un obstáculo que se lo impide. Tras algunas tentativas, vuelve al nido. Pero la hembra no pasa ya alimento a su prole, quizás porque ya no recibe ella tampoco alimentación del macho o porque para protegerlos ante todo, omite alimentarlos. Me doy cuenta al día siguiente cuando descubro al primer nacido muerto. ¿Qué hacer? ¿Dejo a los pollos en el nido, los paso a una nodriza o empiezo a alimentarlos a mano? Decido esperar un poco, quizás la situación se resuelva por ella misma. Pero no, por la tarde encuentro a otro pollo muerto y me decido por la cría a mano. El desafío no me asusta ya que tengo mucha experiencia con los fringílidos. Preparo rápidamente la papilla del comercio a la que añado, un embuche sí otro no, una polilla de la miel troceada y decapitada. Los dos pequeños crecen a ojos vista hasta tal punto de que dos días después decido anillarlos a pesar de que la anilla tipo C me dejaba aún unos días de margen. Los pequeños viajan conmigo de casa al trabajo y del trabajo a casa y reciben numerosos embuches, desde las 5 de la mañana hasta las 11 de la noche, así que pronto aparece el plumaje y se asoman al borde del nido. Y aparece un nuevo problema. Apenas saltan del nido, a pesar de que abren el pico, les cuesta bastante ingerir la papilla. Decido actuar como los papagayos. A la jeringa que uso para alimentarlos, una normal de 5 cc, le aplico un tubito de 10 cm muy blando, con el fin de soltarles el preparado líquido directamente en el buche. El sistema funciona pero es una lástima que después de tantos días los dos ejemplares, ya grandes, no quieran saber nada de comer solos. De nada ha servido la estratagema de adosar a su misma jaula otra con otros ejemplares que ya comen solos, con los mismos comederos y en la misma posición de tal forma que adosadas, los comederos se encuentran frente a los de la otra, separados sólo por la malla. Por lo general, al cabo de uno o dos días, los pequeños copian a sus vecinos de jaula y aprenden en poco tiempo a alimentarse por ellos mismos. Pues bien, fueron necesarios más de cincuenta días antes de destetar a los Camachuelos picogrueso. Mientras tanto, la pareja ha vuelto a reunirse. Tres días después de separar a los pequeños del nido, la hembra se ha calmado y entonces he liberado al macho. Como si no hubiese pasado nada, la pareja ha vuelto a convivir pacíficamente como el primer día. Una semana después la hembra empieza a interesarse por un nuevo nido. Dejo todo como estaba y ella empieza a arreglar el viejo nido ya utilizado. Pero esta vez vacila y no se decide a poner. Estamos ya a 20 de julio y una mañana me encuentro en tierra varias rémiges de los Camachuelos. Pienso de inmediato que esa noche ha pasado algo. Pero no, me doy cuenta de que la pareja ha entrado en la muda. No he visto nunca un comienzo de muda tan violento y repentino con ningún otro de los pájaros que he criado. En dos semanas, los dos ejemplares están completamente desplumados, signo evidente de que el proceso está muy avanzado. Previamente he suministrado disolvente disuelto en agua, dado que era mi intención tener en la siguiente emporada los ejemplares rojos que tanto dseaba. Y no me he equivocado, visto que al poco los dos pinicola se han hecho preciosos.. Ahoran el dimorfismo sexual es muy evidente: el macho tiene un rojo más intenso que la hembra y los espacios grises casi han desaparecido. Incluso sobre el dorso, el rojo es uniforme. En la hembra, el color es menos vivo y los espacios grises son mayores. El color no va más allá de la mitad del pecho, así como sobre la espalda. Incluso la parte baja de la garganta es más gris en la hembra y más coloreada en el macho, un poco como ocurre en la diferenciación de los sexos en los Piquituertos, aunque debo decir que en los Piquituertos es menos nítida la diferencia macho/hembra. La pareja ha permanecido unida también durante el periodo invernal, en la misma voladera donde se han reproducido. Hacia el mes de noviembre he intentado reunir uno de los dos noveles con sus progenitores, pero lamentablemente el macho no ha aceptado a la recién llegada (se trataba de una hembra). La perseguía por la voladera con aspecto amenazador, al punto de que he tenido que sacarla para evitarle males mayores. La segunda temporada reproductiva ha seguido los pasos de la primera pero afortunadamente, gracias a la experiencia del año precedente, he jugado con ventaja. Misma técnica del nido de mirlo, misma situación (para decir verdad he colocado dos pero la hembra ha elegido la misma posición que el año precedente). También esta vez la primera puesta ocurría los primeros días de junio. Pienso que estos pájaros del norte necesitan mucha luz para reproducirse, un poco como ocurre con el Pinzón real, y es por lo que entran en celo y ponen en junio, cuando hay más horas de luz, mientras que empiezan la muda apenas notan que los días acortan. Probablemente, si se dispone de voladeras interiores con control de luz, se podría regular mejor o directamente alargar el periodo reproductivo. Por el contrario en nuestro país, en el exterior y con condiciones naturales, se obtendrán probablemente sólo una o dos puestas por temporada. Hacia el décimo día de incubación, no queriendo correr riesgos, he separado al macho, metiéndolo en su anterior jaula, colocada a su vez en el interior de la voladera. Esta vez he querido dejar también a la Camachuela el cuidado de sus pequeños... y por enésima vez me he equivocado y así, 3 de los 4 nacidos morían porque no los alimentó, o peor porque hacia como si los alimentase pero en realidad no lo hacía. Su confianza conmigo era tal, que me dejaba observar todos sus movimientos, incluido el momento del embuche. En realidad hacía el gesto de embucharles pero no regurgitaba nada y por consiguiente no pasaba alimento a los pequeños. Lamentablemente lo descubrí demasiado tarde y sólo conseguí salvar al último nacido, que por suerte había pasado hambre dos días menos que los que habían nacido dos días antes. Pasé el superviviente a una canaria y después, a partir del día del anillamiento, procedí a criarlo a mano. Pasados los habituales tres días, liberé al macho y esta vez la hembra ha puesto de nuevo cuatro huevos. Pero decido negarle una tercera posibilidad y he transferido los pequeños recién nacidos a dos canarias diferentes, una con el macho y otra sola, ya que no contaba con más parejas disponibles. Estamos ya en julio y también esta vez la muda para los adultos ha sobrevenido rápida y repentinamente. Mientras tanto, los noveles crecen a ojos vista al cuidado de las canarias, hasta tal punto que empecé a preocuparme de que las pobres no pudiesen aguantar, sobre todo por el prolongado tiempo de destete. Pero para mi sorpresa, los pequeños han empezado a comer solos muy pronto, mucho antes de lo que hubiese podido imaginar. Apenas les despuntaba la colita y ya comían solos los guisantes que había entre las germinadas. Increíble han empezado a comer el alimento de más tamaño del que había en la jaula. En particular, la canaria solitaria, sin macho, se ha prodigado porque a pesar de que los noveles se alimentaban con los guisantes, continuaron reclamando alimento aún durante un tiempo y al ser ya más grandes que ella, debía agarrarse a las barras de la jaula para llegar a sus picos por arriba. Obviamente, tanto a ella como al macho de la otra pareja, no les quedaba ni una pluma alrededor del pico cuando acabaron de embuchar. Al final de la temporada resultaron ser 3 hembras y 2 machos. Como los coloreé desde el principio, han asumido un bonito color rojo, aunque no es comparable al del padre, que en su tercer año se ha hecho inigualable. Tampoco la estructura de los ejemplares es la misma que la de los progenitores, pero adelanto que este pájaro tarda tiempo en madurar y, por consiguiente, en desarrollarse. He notado que la determinación del sexo en los ejemplares coloreados es más sencilla, ya que el color rojo está casi ausente en el dorso de las hembras, mientras que en los machos lo está en parte desde la primera muda. Para hacer más completa la exposición de mi experiencia hablaré de la alimentación que utilizo durante todo el año para mis Camachuelos picogrueso. Durante la temporada de reposo utilizo un mixto Vrederón/Camachuelo, al que añado semillas de conífera (mixto Piquituerto reproducción) al que añado bayas de todo tipo, en particular piracantha, cotoneaster y serbal, En la voladera, no falta nunca en todo el periodo manzana, que les gusta mucho, y que me sirve también para calmarles la sed cuando el agua se hiela y antes del cambio diario invernal. Durante el periodo reproductivo y en la preparación al mismo suministro semillas germinadas (la misma mezcla que doy a los Piquituertos, es decir girasol negro, cártamo y cáñamo), a las que añado guisantes descongelados, maíz en conserva y gusanos de la harina (que cuezo, congelo y descongelo personalmente). También en este periodo suministro una decena de polillas de la miel vivas al día, excelentes para estimular el celo de los ejemplares. A los pinicola les gusta también mucho los brotes de los árboles resinosos (abetos, lárices, pinos), que se comen directamente de las ramas que introduzco en la voladera y que como ya he dicho antes, si tienen a disposición, olvidan los otros alimentos. En 3 de los 7 noveles criados he encontrado parásitos intestinales (lombrices), haciendo saltar todas mis alarmas un abundante moco que les salía del pico a los ejemplares infectados. No me había encontrado nunca ante este problema en otras especies que crío. El suministro de un vermicida durante dos días, en el agua de beber, me resolvió el problema. Una incidencia tan alta (aún con tan limitado número de noveles), me hace pensar en una predisposición de la especie, por lo que este año realizaré un ciclo preventivo, en cuanto los pequeños se hayan destetado. Este año todo irá bien y pondré a reproducir tras parejas garcias sobre todo a la intervención de un amigo que me ha permitido introducir sangre nueva intercambiando ejemplares. Si esta temporada próxima me da la ocasión de obtener nuevos ejemplares, el año siguiente podré pensar ya en preparar alguna pareja híbrida. Mi vena hibridista está siempre al acecho.












Camachuelo picogrueso Ficha técnica
Nomenclatura y clasificación Los pinzones son pájaros fácilmente identificables por presentar un cuerpo robusto, en términos generales de mediano tamaño, terminado por un pico cónico y sólido. Las tres familias típicas son la Fringillidae, que incluye canarios y jilgueros, la Estrildidae, compuesta principalmente por pequeñas aves tropicales, africanas y asiáticas, y por último la Passeridae, que incluye a los pinzones de las nieves y a los bien conocidos gorriones. Los camachuelos son aves grandes y robustas englobadas en el primer grupo. La especie que nos ocupa recibe el nombre científico de Pinicola enucleator y junto al P. subhimachala, Camachuelo de cabeza roja, son los únicos representantes de este género. Distribución Geográfica Muy amplia debido a que existen 9 subespecies muy difíciles de diferenciar en el campo (solo a partir de pieles y ejemplares de museo o capturados). Desde el Norte de Noruega a Siberia, Noreste de China, Japón, Alaska, Canadá y costa Oeste de Norteamérica.
Biología Descripción Una de las mayores especies de pinzón verdadero. Longitud: 20-25,5 cm. Peso: macho 42-62 g. hembra 52-62 g. Pico: 1,4-1,65 cm. Los adultos presentan una cola larga, negra y ahorquillada, alas negras con claros márgenes blancos y un pico muy grande. Macho: Cabeza rosada tirando a rojiza, aunque depende de la edad del ejemplar (tirando a grisácea si es viejo). Mejillas y cuello de color más intenso, sobre todo en adultos jóvenes. Espalda y rabadilla rojiza. Intenso barreteado en región de hombros y escapulares, mezclando tonos negros, grises, blancos y rojos. Alas completamente negras, primarias bordeadas de blanco. El pico es macizo a veces ganchudo en la punta, de color negro o gris fuerte, siendo la base un tanto rosado. Las patas son oscuras, prácticamente negras o marrón muy intenso. Hembra: Muy similar al macho en cuanto al patrón cromático, pero todos los tonos rosa-rojizos sustituidos por otros oliváceos amarillos, a veces tirando al anaranjado difuminado. Juveniles: Mucho más grisáceos por todo el cuerpo, salpicados de amarillo sucio, siendo la cabeza olivácea con tonos amarillo-anaranjados también muy apagados. Los juveniles machos que exhiban un primer plumaje invernal, o el segundo de verano, son muy similares a las hembras adultas. Las hembras juveniles siempre mucho más apagadas que los machos jóvenes. Alimentación Granívoro. También consume flores y frutas (bayas etc.) y en verano insectos, principalmente mosquitos. En los comederos artificiales siempre se decanta por semillas grasas como las de girasol. Hábitat natural Principalmente asociados a masas boscosas norteñas como taiga y bosques de coníferas, aunque también en árboles de hoja caduca. Asimismo, presente en plantaciones, jardines y zonas urbanas. Reproducción Dependiendo de las poblaciones y de los países que habiten, a veces no realizan movimientos migratorios alguno. En otras ocasiones capaces de desplazarse cientos de kilómetros. El macho canta de manera continua guardando su territorio. Durante el cortejo alimenta a la hembra. El nido se coloca en una rama horizontal, a unos 1,5 m. del suelo, a veces a tan solo 5 cm. en un arbusto o a 6 m. en la copa de un árbol alto. El nido es una copa abierta hecha de ramitas, hierbas o raíces tamizada de líquenes, musgo o paja. La puesta, que es anual, consta de unos 2-5 huevos de color azul verdoso, salpicados con motas marrones, lilas o negras. La incubación corre a cuenta de hembra solamente, y dura unas dos semanas. Al nacer los pichones son alimentados por ambos progenitores que desarrollan bolsas en la garganta para transportar más semillas. Los polluelos abandonan el nido a las 2-3 semanas de vida. Llamada Un silbo aflautado tipo “teu-teu-teu” o “pee-lee-jeh” siendo la nota del medio siempre más sonora que las otras dos. Mientras se alimentan o en grupo un suave y musical “pui-pui-pui”. En vuelo un gutural y más rasposo “caree” o “cruuu” o “ca-r-ar”.
Texto: Mauro Bagiolo. Créditos fotográficos conservados en el artículo.





