Yo siempre había considerado la hibridología como una rama demasiado lejana y específica de la ornitología como para intentar obtener algún resultado satisfactorio. Sin embargo, siempre también había admirado el trabajo de los maestros hibridistas. Naturalmente, en este campo mandan los fringílidos y los exóticos están en una proporción mucho menor.
Como muchas veces ocurre, todo empieza por casualidad, por una coincidencia que te cambia la forma de ver las cosas. A principio de la temporada reproductiva, pensé en formar algunas parejas híbridas, con la esperanza de obtener algún resultado. Formé así parejas de Isabelita del Japón x Padda, Diamante mandarín x Isabelita del Japón, y Diamante cola larga x Diamante mandarín. El primer paso fue escoger buenos ejemplares. Necesité después cerca de una año para que se tomasen confianza y obtener los primeros resultados con una sola de las parejas, la formada por Isabelita del Japón x Padda, ambos ancestrales. ¡Una quincena de fantásticos híbridos! Sin embargo, en este artículo quiero contar la magnífica experiencia que tuve con otra pareja híbrida, formada mucho después que las anteriores, pero que también me dio resultados sorprendentes: un macho de Diamante modesto con una hembra de Diamante ruficauda. Había comprado un bonito ejemplar de Diamante modesto, con la intención de acoplarlo con una hembra de Diamante ruficauda nacida en mi criadero el año anterior.
Ambos ejemplares tenían un año de vida y nunca se habían reproducido en pureza, una posibilidad más para un resultado positivo. Crío en el exterior, en una voladera resguardada del frío, donde están dispuestas una serie de baterías de reproducción, comprendidas las de las nodrizas. Ademas dispongo de 4 voladeras para los noveles y los ejemplares en reposo. Alojé a la nueva pareja en una jaula de 60 cm, cerrada por 3 de sus lados y por la parte superior. Sobre el frontal, una cierta cantidad de ramas de hiedra artificial proporcionaban a los huéspedes una cierta tranquilidad, para poder adquirir mayor confianza. Al cabo de unas semanas, incorporé el nido, uno de esos de caseta para exóticos ya relleno con heno y yute. Les suministré una alimentación muy variada: además de la habitual mixtura, espigas de panizo, pasta seca al huevo apenas humedecida, hueso de sepia y grit siempre a disposición. Casi inmediatamente se produjo la primera puesta, de sólo 3 huevos (era la primera puesta de su vida para la hembra), pero que no fueron incubados como esperaba.



Tengo siempre muchas nodrizas preparadas en esta época, por lo que confié los huevos a una pareja que se ocupó de incubarlos. Uno de los huevos resultó claro y los otros dos eclosionaban al dieciseisavo día de incubación, pero desgraciadamente los pollos morían a las pocas horas. Me los encontré en el suelo de la jaula, no se si porque cayeron accidentalmente o fueron arrojados a propósito. Tras algunas semanas, se produjo otra puesta mucho más numerosa, pero esta vez todos los huevos resultaron claros. No me esperaba resultados ya desde el primer intento, así que me consideré satisfecho por las dos señales positivas, pensando que el tiempo y la paciencia harían el resto. Entretanto, el invierno había dado paso a la primavera y los días empezaban a ser más cálidos. A pesar de que en la voladera utilizo luz artificial, la luz natural es otra cosa: he observado que las parejas se encuentran más estimuladas a la reproducción, con mejores resultados que en la reproducción invernal.
Así, alrededor de dos meses después de su inactividad, la pareja empezó a interesarse de nuevo por el nido. Los huevos no tardaron en llegar: primera puesta, 5 huevos y ni el más mínimo intento de incubarlos por parte de la hembra. Coloqué los huevos al cuidado de nodrizas y, para mi sorpresa, todos los huevos resultaron fecundos y los embriones se desarrollaban bien. A los dieciséis días de incubación, eclosionaban los dos primeros huevos. Desconfiando por mi anterior experiencia, me temía lo peor. Al día siguiente eclosionaba el resto de los huevos ¡Cinco pollos en 24 horas! ¡Fantástico! Pero ¿sobrevivirían? En la época de reproducción tengo siempre disponible pasta para alimentar al palillo, como ayuda suplementaria para los pequeños. La suerte quiso que los nacimientos se produjesen el fin de semana, dándome la posibilidad de poder tenerlos constantemente bajo control durante los primeros delicadísimos días de vida y de alimentarlos al menos 5 veces al día. Ya desde el segundo día de vida, los pollos eran muy activos y al mínimo movimiento abrían el pico, reclamando alimento.


El crecimiento era constante. Los anillé, con alguna dificultad, con una semana de vida. Al décimo día de vida, abrieron los ojos, y a las dos semanas, aparecían las primeras plumas sobre las alas. Seguí el crecimiento de esta nidada con alegría y mucha aprensión. Durante toda esta fase, junto con la habitual pasta seca al huevo, suministraba diariamente un preparado de cous cous, al que añadía huevo duro y espinacas trituradas y espirulina, una mezcla que parecía gustarles mucho. Las nodrizas que utilicé eran particulares, una pareja híbrida formada por un Diamante mandarín gris y una Isabelita del Japón negro bruno. Es de todos sabido y ampliamente comprobado que las nodrizas por antonomasia son las Isabelitas del Japón, pero está tomando cada vez más relevancia la utilización de Diamantes mandarín, preferiblemente de talla normal. Estos últimos muestran algunas dificultades para coordinar la incubación, pero si se consigue que empiecen en el momento adecuado, son impecables.
Había formado esta pareja híbrida hacía ya bastante tiempo y la había probado con Mandarines y con Gould sin problemas en la cría. Se conjugaban perfectamente la constancia en la incubación de la Isabelita con la puntual colaboración del Mandarín, que la sustituía inmediatamente, cuando el nido se quedaba sin protección, los numerosos embuches de una con los menos numerosos pero más sustanciales del otro. Los 5 pequeños crecían a ojos vista sin ningún incidente relevante y a las tres semanas de vida, empezaron los primeros vuelos. En este periodo aumenté el suministro de espigas secas y verdes y los noveles empezaron a alimentarse por ellos mismos, aunque continuaban reclamando a los progenitores su alimento con mucha fogosidad e insistencia. Ya a esta edad mostraban claramente los signos distintivos de ambos progenitores, en parte Diamante Modesto y en parte Diamante Ruficauda: plumaje marrón claro típico de los noveles de estos dos exóticos.
Al segundo mes de vida, comenzaba a marcarse el color de la cabeza, con evidentes manchas rojas, que aparecieron en todos los ejemplares en la parte frontal, en las proximidades del pico. El pico tenía tendencia a ir aclarándose y mostrar una mezcla entre las estrías pectorales del padre y las punteadas de la madre. A los dos meses de vida, separé a los noveles, ya independientes, de sus progenitores. Alojados en una de las voladeras de mi criadero, pronto se encontraron a gusto entre los demás exóticos allí hospedados. Curiosos por el nuevo ambiente, aceptaban de buen grado las “golosinas” estacionales, un buen ramo de espigas silvestre que colectaba en el campo, panizo, pasto dentado, verdolaga, que en verano abundan en cualquier huerto. El agua corriente es importante y sobre todo en las voladeras grandes un punto de encuentro y socialización. El verano pasó volando y los noveles acabaren su primera muda y a los 5 primeros híbridos, se añadieron otros 3 hermanos, un par de meses más jóvenes, que afortunadamente habían tenido el mismo desarrollo de los mayores.
El fenotipo de los híbridos muestra con toda evidencia los signos distintivos de ambos progenitores. Como se puede observar en las fotos, el macho transmitió a los hijos los aspectos más importantes de sus propias características, el rojo encendido de la hembra era más oscuro en la prole y las barras del padre se entrelazaban con las perlas blancas de la madre.
Texto: Stefano Giannetti. Pies y créditos cotejados con el original; las descripciones digitales se distinguen en el registro de revisión.






