Los híbridos entre diamantes australianos son mucho más complicados de conseguir que los de Isabelita del Japón por cualquier Lonchura, ya que las afinidades genéticas de las distintas especies son menores, y la parada nupcial es muy diferente entre ellos, aunque la domesticidad de la hembra del diamante mandarín puede ayudar mucho. En este caso, ambas especies carecen de lipocromo en el plumaje; sólo el diamante mandarín tiene presencia del mismo en el pico, por lo que el híbrido esperado tampoco ha de ser muy vistoso, como en el caso anterior. Sin embargo, la variabilidad del color de la feomelanina en el plumaje del Diamante Mandarín nos haría pensar en contrastes entre anaranjados y negros en el plumaje del híbrido. Como una hibridación no es una ciencia exacta, el resultado es un tanto dispar a lo esperado, ya que como se puede ver en la fotografía, los pigmentos melánicos del híbrido son más bien negros y marrones oscuros, una librea mucho más oscura que la esperada, sin ese color marrón anaranjado de la feomelanina del Diamante Mandarín de las mejillas y los flancos.
Las mejillas aparecen menos extensas y negras, no marrones anaranjado y apenas existen flancos, o al menos no se ven en las fotografías. El diseño de la garganta y nuca lo conserva del Diamante Bichenov y en la zona de las mejillas aparece el diseño del Diamante Mandarín, una buena conjunción del diseño de ambas especies. En el pecho, se adivina el diseño del Mandarín, aunque sin barra pectoral. En las plumas de las alas, se atisba el diseño del Bichenov y en la cola se esboza el ajedrezado del Mandarín. El dorso y la nuca gris oscuro uniforme, como lo es en ambas especies. La forma es también intermedia, aunque se echan en falta las redondeces propias del Diamante Mandarín y su armonía, así como la redondez y rotundidad de la cabeza. Por último, el pico tiene cierta presencia de lipocromo; pero no llega a la cantidad existente en el diamante mandarín, lo que es una pena, ya que a más cantidad de lipocromo en el mismo, sería mucho más vistoso.
Texto: José Manuel Rodríguez Benavente. Créditos fotográficos conservados en el artículo.





