
Desde siempre he sostenido que los ejemplares destinados a la hibridación deben ser, con mucho, los más típicos y bellos de su raza. Sólo excelentes progenitores pueden transmitir a su prole híbrida esas cualidades que permiten, bastante fácilmente, distinguir la especie de procedencia. Parece pues evidente que en la obtención de un híbrido ese sea el fin en sí mismo, o bien la transmisión de mutaciones, y que el criador está obligado a dedicar su máxima atención a la elección de la pareja reproductora, que debe ser de “lo mejorcito” que se pueda encontrar. Personalmente, me obsesiona este principio y, desde siempre, recorro concursos y criaderos en busca de.... “lo mejorcito”. El híbrido del Diamante cola larga x Diamante mandarín es fruto de búsquedas en los concursos y así, por poco dinero conseguí un magnífico macho Cola larga, un campeón en su categoría, con 93 puntos, que “descubrí” en Reggio Emilia. No sabía entonces con quien lo acoplaría, pero un ejemplar tan bello se merecía una compañera a su altura. Y la encontré en uno de mis tradicionales recorridos, el Campeonato Regional Siciliano, una bellísima hembra, muy típica, de Diamante mandarín y de muy buena talla.
Como una de las reglas de la hibridación dice que la talla la transmite la madre, con una hembra con tal talla una buena parte de mis problemas quedaba solucionada. Así, después de un año de soledad el Cola larga encontraba la compañera ideal. Apenas los uní en la misma jaula, el Diamante cola larga intento tomarla por la fuerza, pero cambió pronto de táctica al comprobar que la hembra sabía defenderse: con unas hilachas de yute, empezó a exhibirse en la mejor de sus danzas, cortejando a la hembra y mostrando su babero, digno de un Campeón internacional. Fue el macho quien construyó un nido perfecto. La primera nidada fue de sólo dos huevos fecundos, que no eclosionaron. En la segunda, de seis huevos todos ellos fecundos, ninguno llegó a eclosionar. En la tercera y última nidada, también de seis huevos, sólo dos de los huevos eran fecundos. Y estos sí eclosionaron a los trece días de incubación. Pero los problemas no tardaron en presentarse: al día siguiente de su nacimiento, los pollos estaban más muertos que vivos, debido a la pésima alimentación. Se imponía el recurso a la nodriza, pero me encontré con un problema añadido.
Las nodrizas que tenía en mi aviario estaban fuera del ciclo reproductivo y sólo una pareja había formado nido, pero no había puesto huevos, por lo que era poco de fiar. Intenté encontrar una pareja que actuase de nodriza entre criadores amigos, pero para mi desesperación, todos mis esfuerzos resultaron baldíos. Finalmente no me quedó más remedio que pasar los pollos a la única pareja ya mencionada, cruzar los dedos y prometerme a mi mismo que no volvería a preocuparme más por el tema. Al día siguiente, sin ninguna esperanza, inspeccioné el nido y cual no sería mi sorpresa al descubrir a los dos pollos con el buche lleno. Mi alegría fue inmensa, pero aún no podía cantar victoria. Debería esperar a la finalización de la muda para hacerlo.
Los dos híbridos eran un macho y una hembra y evidenciaban el dimorfismo sexual heredado de los genes del Diamante mandarín. Pero al final de la muda, tuve otro disgusto: la hembra híbrida moría sin ninguna señal previa premonitoria.
Pero dejando aparte la historia de estos híbridos, voy a centrarme en el verdadero problema, obviando hablar de alimentación, acoplamiento, muda, etc. que no presentan ninguna cuestión especial, dada la notable afinidad entre los progenitores. El verdadero problema y casi el único es el de tener la suerte de que todos los factores “altamente caracterizantes” se transmitan a la prole híbrida con armonía y belleza de colores, forma y diseños. Por factores “altamente caracterizantes” hay que entender todos los “elementos fenotípicos” de las especias de las que derivan. Estos “elementos fenotípicos altamente caracterizantes” transmitidos por el Diamante cola larga a nuestro híbrido son, principalmente, el babero, las bandas negras que unen el ojo con el pico (las llamadas bridas) y, evidentemente la cola alargada, además del color rojo coral del pico. Pero si nos fijamos ahora en el otro progenitor, las cosas se complican, porque este último es de lo más rico que podamos encontrar en cuanto a lo que a transmisión de caracteres fenotípicos se refiere.
El Diamante mandarín debe transferir al híbrido el diseño de las mejillas, las bandas de los ojos, la banda del pico, con la zona blanca comprendida entre las dos bandas, la cebradura de la barra pectoral, el diseño de los flancos y el diseño de la cola, además de los colores, ricos en eumelanina y feomelanina. Lo único que ambos progenitores transmiten fácilmente a la prole es únicamente el rojo coral del pico y el rojo anaranjado de las patas, debido a que los dos poseen una fuerte carga de lipocromo en estas partes; para el resto, sólo nos queda esperar que toda esa riqueza de diseños no se pierda, dando lugar a un híbrido mediocre. Observando el híbrido, en la herencia de los factores “altamente caracterizantes” que recibe del Cola larga, notaremos de inmediato la transmisión de la talla y ello, con independencia del sexo del progenitor utilizado para la hibridación. Esto trastoca un poco la regla que dice que la talla del híbrido la transmite la madre y por esta razón es muy aconsejable una cuidadosa selección del Cola larga, sin dejar de lado la importancia de la talla del Diamante mandarín, que en todos los casos debe ser óptima.
Por desgracia, el híbrido no muestra el apreciado gris azulado de la cabeza y de la nuca, destacando nítidamente sobre el bruno oscuro de las alas y del bruno herrumbroso del dorso, algo peculiar en el dorso del Cola larga y que en el híbrido se convierte en una coloración gris brunácea bastante uniforme, que afortunadamente mantiene un aspecto agradable gracias a la calidad de su tonalidad. Se pierde por completo el típico color violáceo del pecho, mientras se conserva plenamente el color blanco de la parte superior de la cola. En la mayoría de los casos, el babero negro se hace pequeño y en cualquier caso nunca es tan amplio como en el progenitor. Las bridas, por el contrario, están bien marcadas de negro y con contornos nítidos. El porte es totalmente del Diamante cola larga. Del Diamante mandarín, se transmiten bien por lo general las bandas negras del ojo y del pico, mientras que a veces desaparecen o quedan ligeramente esbozadas los diseños de los flancos o el diseño de recuadros transversales blancos y negros de las plumas de la cola. La barra pectoral generalmente es sólo un esbozo en un tímido color negro y las cebraduras son casi inexistentes.
El diseño vagamente triangular y de ángulos redondeados de las mejillas consigue, por su parte, estar presente, con una ligera reducción de la feomelanina bruno anaranjada. El vientre blanco mantiene una coloración ligeramente manchada de bruno en la parte superior, mientras desaparece del todo descendiendo hacia abajo, apareciendo en su lugar el agradable color bruno cremoso de la parte inferior de la cola. Un primer examen podría hacernos pensar que la transmisión genética del progenitor Diamante mandarín es secundaria con respecto a la del Diamante cola larga, pero la cabeza con mejillas, con las bandas de los ojos y del pico y la conservación de la zona blanca comprendida entre éstas son elementos fenotípicos que caracterizan no poco al ejemplar híbrido.
Las cosas cambiarían si utilizamos en la hibridación un Diamante mandarín macho del tipo ligado al sexo, como por ejemplo el masqué, porque obtendremos hembras de una cálida tonalidad blanco cremosa o del tipo diluido, que al ser un factor de transmisión hereditaria dominante confiere a los híbridos, independientemente del sexo, una agradable coloración pastel. En este último acoplamiento, los diseños distintivos del mandarín son directamente más visibles que en el híbrido proveniente del tipo ancestral, en particular el diseño de los flancos, que aparece clarísimo.
Todavía poco experimentada y estudiada es la hibridación con el Diamante cola larga mutado, que ofrece además la posibilidad de combinarse con todas las diferentes mutaciones del Diamante mandarín, pero queda fuera de toda duda que los pocos resultados obtenidos parecen ser muy estimulantes.
Para concluir, una sencilla recomendación: utilizad siempre para esta hibridación el Diamante cola larga de la subespecie heki, porque el rico lipocromo rojo coral del pico queda reforzado por el rojo del Diamante mandarín, que transmitido por entero al híbrido, constituye el mayor atractivo de esta creación.


Texto: Ivo Ginevra Fotos: Alcedo



