El Diamante de Gould es una especie dificilísima de interpretar. Es ya bastante raro que, en la naturaleza, una especie presente tres variedades que vivan y se reproduzcan entre ellas y que además presente al mismo tiempo colores pigmentarios y estructurales. Estos últimos, quizás más misteriosos y difíciles de entender. Un cuervo, por ejemplo, se ve negro bajo la luz solar indirecta, pero asume reflejos azul metálicos si la luz solar es directa. Son fenómenos análogos a los que originan el arco iris: las minúsculas gotas de agua son sustituidas por el plumaje en nuestro caso. La misma densidad del plumaje puede retener humedad ambiental, creando, para el mismo ejemplar, tonalidades de color diferentes en función de ésta. Los Diamantes de Gould que podemos ver hoy en día son fruto de un siglo de cría, inicialmente sólo intensiva y después dirigida a la obtención de nuevas mutaciones. Esta actuación por parte del hombre ha desnaturalizado el control natural que determinó, durante milenios, las características de las tres variedades silvestres, cuyos colores y correspondiente distribución tanto entusiasmo suscitaron entre los naturalistas del siglo XIX.
La tendencia actual con los Diamantes de Gould criados en cautividad, según mi opinión, es la de favorecer la creación de ejemplares cada vez con mayor talla. La talla se encuentra entre las características más fáciles de mejorar en cualquier especie, en un periodo de tiempo relativamente corto. La talla está muy influenciada por la alimentación. Los españoles de hoy son, como media, más altos y fuertes que los de hace pocas generaciones: ¡comen mejor que en tiempos pasados! Como ejemplo de tendencia a desaparecer de algunas de las características típicas del Diamante de Gould, no siempre adecuadamente valoradas y conservadas, vamos a tomar a hora en consideración la distribución de los colores de la cabeza. Los Diamantes de Gould vivían en el Norte de Australia, con un equilibrio estable entre cabezas negras, los más numerosos, cabezas rojas y cabezas amarillas. Pero esa distribución de colores cómo debe ser? Probemos a preguntárselos a quien les dio el nombre, dedicando su descubrimiento a su esposa, Elizabeth, prematuramente desaparecida: John Gould.
Da la casualidad que desde hace años soy coleccionista de estampas y láminas de ciencia natural del setecientos y ochocientos, comprendidas las de John Gould. En sus tiempos no existían todas las ventajas técnicas de las que disfrutamos actualmente, pero eran extraordinariamente respetuosos con el diseño de los detalles de la naturaleza. John Gould, contrariamente a lo que muchos creen, no era un buen pintor ni dibujante, pero fue un gran científico, creador y divulgador de textos sobre la naturaleza. Se sirvió del trabajo de artistas excepcionales, el primero de ellos su propia mujer Elizabeth y de otros, como E. Lear, H.C. Ritcher, J. Wolf, W. Hart, quienes convirtieron en obras de arte sus vigorosos pero toscos dibujos. Como testimonio de cuanto afirmo incluyo la fotografía de la litografía del Diamante de Gould de cabeza roja, extraída de la obra The Birds o Australia, de John Gould, editada en Londres entre 1840 y 1848. Adjunto también la lámina, más tardía, extraída de la obra Foreing finches in captivity, de Arthur G. Butler, dibujada por F. W. Frohawk y editada en Londres en 1899.
Se aprecia, si nos fijamos en el cabeza roja para mayor facilidad, la forma del cerco negro que circunda la máscara roja. No es una línea continua sino formada por varios arcos. Un arco negro, con centro aproximadamente hacia la punta del pico, recorre la parte alta de la cabeza. Dos arcos negros simétricos recorren las mejillas y confluyen, por arriba, en pico, hacia los ojos, mientras que por abajo, cambiando de curvatura, acaban en el negro de la garganta. Las mismas curvas pueden verse en los cabeza negra, si sustituimos el rojo por el negro, pero manteniendo los picos de confluencia hacia los ojos. Todas las láminas de Diamantes de Gould del ochocientos que tengo presentan, por lo que se refiere a la cabeza, esta particularidad, demostrando que esta característica típica de la raza estaba muy difundida y era común. Ahora invito al lector interesado a que mire fotos de muchos Diamantes de Gould, que quizás han obtenido una puntuación alta en los concursos, y que extraiga sus conclusiones. Según mi opinión, se ha dado preferencia a la talla, como ya he dicho, pero se ha prescindido de otras características tan importantes o quizás más, que la talla.
La cabeza es algo que sirve para diferencias cualquier raza. Y el problema no está en el tipo de enjuiciamiento, por escala de puntos o por confrontación, el problema está en que quien cría o enjuicia conozca las muchísimas particularidades típicas del animal en cuestión. La cría y la selección sirven precisamente para eso. Como segundo ejemplo de característica que se va perdiendo, quiero habla de la longitud de las dos plumas directrices centrales, llamadas “filetes”, que en muchos ejemplares machos resultan más bien cortas. John Gould bautizó a esté pájaro, primero en su variedad de cabeza negra, en 1844, con la denominación de Amadina gouldiae y con el mismo nombre de género había llamado, en 1839, al Diamante cola larga Amadina acuticauda y después, en 1842, Poephila acuticauda. Posteriormente se descubrió que pertenecían a géneros diferentes, incluso bastante alejados entre sí,pero sus medidas biométricas comprobadas entonces, tanto óseas como de plumaje, eran casi las mismas. Por lo que se refiere a las dimensiones del Diamante de Gould, basta con leer el texto de O.
Des Murs, Iconographie Ornitologique, editado en París en 1845, para descubrir cómo éstas han permanecido casi idénticas en este siglo y medio..Los ejemplares estudiados por este científico francés, que en 1845 denominó al Diamante de Gould de cabeza roja Poephila mirabilis, cuyo typus generis erael Diamante de cola larga, pertenecían a la colección del Museo de Historia Natural de París. Estos ejemplares habían sido llevados por Hombrom y Jacquinot, los descubridores del Diamante de Gould, durante su “Viaje al Polo Sur y en Oceanía”, que tuvo lugar en 1833. Evidentemente, algunos ejemplares eran de talla más grande y robusta, y otros, más pequeños, pero en conjunto de dimensiones y estructura muy similares las de los ejemplares que hoy vemos en nuestros criaderos. Ocurre lo contrario que con otras especies, que la cría en cautividad ha modificado notablemente con la finalidad de participar en los concursos, como ocurre con el Diamante mandarín, que en los concursos son ejemplares muy diferentes a los que vuelan en libertad en Australia. Podríamos continuar nuestra exposición tratando muchos otros aspectos dignos de ser tomados en consideración.
Pero lo que realmente interesa es dejar clara la idea de que hay que esforzarse al máximo para mantener las características naturales de esta maravillosa criatura.



Texto: Amerio Piergianni. Láminas de A. G. Butler/F. W. Frohawk y John Gould/H. C. Richter. Fotografías sin crédito impreso.




