
El Mielero patirrojo, también llamado Mielero azul, es originario de Sudamérica, desde Méjico hasta Ecuador y Brasil. Durante el periodo de celo, el macho es una de las más bellas joyas de la naturaleza, con sus plumas de un azul turquesa iridiscente, capucha azul brillante y una fina línea negra alrededor de los ojos. Dos líneas azules en forma de “V” cruzan las alas. El pico es negro, fino, largo y apenas curvado hacia abajo. El resto del año, la coloración del macho es muy parecida a la de la hembra y los jóvenes, verde oliva, pero se diferencia fácilmente gracias al color rojizo de sus patas. Tiene una longitud de 10 a 12 cm, según la subespecie, y puede ser confundido fácilmente con el Mielero de patas amarillas que, como su nombre indica, tiene, sin embargo, las patas amarillas y no presenta la capucha azul. El reclamo consiste en un tsui agudo. El canto es un simple tsip-tsip-chaatsip-tsip-tsci-cha repetido. La alarma consiste en un chaa nasal (Peterson y Chalif, 1989). Su hábitat natural son los bosques tropicales húmedos, plantaciones, áreas semiabiertas con arbustos. El nido está formado por una copa de raicillas y tela de araña, en el que depositan dos huevos azulados, que presentan la parte convexa punteada por manchitas brunas.
Alimentación
En la naturaleza, el Mielero patirrojo se alimenta de néctares y polen, que recoge de las flores, para las que desarrolla una intensa actividad polinizadora, fruta madura y pequeños insectos que caza tanto en pleno vuelo como hurgando acrobáticamente entre las hojas de las plantas. En cautividad, lo alimentaremos con un buen néctar para colibríes, fruta madura y blanda (como bananas), pasta para frugívoros finamente triturada, añadiéndole quizás un poco de polen y alimento vivo (mosquitos, pinkies, pequeñas polillas de la miel, etc.), que se le deben suministrar a diario. A causa de esta alimentación, necesita un baño diario para evitar llevar el vientre y las alas manchadas y la aparición de enfermedades. Los ejemplares recién importados presentan a menudo micosis más o menos extendidas, que habrá que curar de inmediato, y exigen una temperatura ambiente de al menos 20º C y el suministro diario, además de los néctares, también de banana cortada a lo largo, con la piel, para que puedan reconocerla. Una vez aclimatados, resultan bastante robustos, aunque soportan mal temperaturas inferiores a los 15º C.
Reproducción
Yo siempre había estado fascinado por estas joyas aladas, así que cuando se presentó la ocasión, me procuré un pareja, que alojé en mi criadero en un espacioso jaulón de 150 x 100 x 70 cm, en compañía de alguna aves africanas, donde permanecieron durante seis meses, a la espera de que se acostumbrasen a mí, al ambiente y a la alimentación. Les suministraba néctares para colibrí, banana, higos chumbos y pinkies en abundancia. Después de alrededor de 6 meses, en febrero, el macho empezó una complicada muda del plumaje nupcial, pero en el proceso, quizás a causa de un macho de Nectarinia verticalis que entre tanto había entrado en celo, desafortunadamente murió. No obstante esta circunstancia (después de la muda tenía intención de separar la pareja) no perdí el ánimo y, en cuanto pude, compré un macho joven que estaba acabando la muda en librea nupcial.
Después de un mes de aclimatación, alojé la pareja en una jaula inglesa de 100 x 50 x 40, provista con la mitad de rejilla y la otra mitad de musgo de turba, en la que coloqué un nido para Jilguero bien camuflado por ramas, una caja nido semiabierta (con las medidas de las utilizadas para los granívoros australianos) y una bonita planta de ibiscus. Como alimentación, les suministré el habitual néctar, rodajas de banana, pasta para frugívoros, y además pinkies, mosquitos, polillas de la miel y arañas, que cogía yo mismo. Como material para el nido, fibra de coco, yute, sisal y algodón. En mayo quedé consternado cuando vi sobre el fondo de la jaula un pequeño huevo azulado, manchado en el polo obtuso, y días después, otro sobre la rejilla.
El episodio se ha repetido un par de veces, con el total desinterés del macho, que debía ser aún muy joven, hasta que finalmente observé el cortejo: la hembra sobre el posadero, cantando su tsiptsip-chaatsip-tsip-tsci-cha, levantó el pico por encima de la cabeza del macho, que dio un salto hacia atrás levantando él también el pico y cruzándolo con el de la hembra, mientras cantaba. El 3º y 4º día y siguientes vi a la hembra que iba de un sitio a otro con largas hilachas de material de nido, sobre todo coco. El 6º día me di cuenta de que la hembra tenía el vientre hinchado y parecía sufrir, por lo que le suministré unos pocos pinkies espolvoreados con sales minerales, lo que hice también con la fruta. A la mañana siguiente, la hembra había desaparecido. La verdad es que no sabía en qué nido estaba porque ambos estaban bien camuflados. Esperé con impaciencia durante 8 días, hasta que la vi sobre un posadero, prueba de que estaba viva e incubando. Tres días después vi sobre el fondo de la jaula una cáscara de huevo y cómo el consumo de alimento se había incrementado.
Pero el 5º día, al volver del trabajo, tuve la triste sorpresa de encontrame en un ángulo de la jaula un pequeño cuerpecillo de piel oscura, con algunas plumillas, muerto. No sabía qué hacer, así que crucé los dedos y empezó una nueva espera. Por suerte, 13 días después de la eclosión, tuve la satisfacción de ver una pequeña Cyanerpes cyaneus verdosa, medio desplumada, que buscaba cobijo en una esquina de la jaula. La cogí con mucha delicadeza y rápidamente la anillé, con anilla de 2,5 mm, dejándola después tras las hojas del ibiscus. El destete ocurrió alrededor de 4 semanas después de la salida del nido y era una hembra. La madre intentó llevar a cabo una segunda puesta, pero el macho perdió el celo y con ello acabó la temporada reproductiva. Habrá que esperar hasta el próximo año para ver si consigo nuevos ejemplares para perpetuar esta mágnífica especie.









Texto y aviario: Enzo Patanè. Fotos: Alcedo. Foto de huevos: Enzo Patanè, según pie específico. Todos los pies impresos y referencias entre páginas cotejados por identidad visual.



